Yo pinto lo que veo

Una balada de la integridad artística:

“¿Qué es lo que pinta usted sobre los muros?”

Dijo Nelson el nieto de John D.
“¿Pinta usted cualquier cosa que le venga?
“¿Va a ponerle palomas, o un árbol en otoño?
“¿O una escena de caza, como en una sala inglesa?”

“Yo pinto lo que veo”, dijo Rivera.

“¿Y qué colores usa cuando pinta?”
Dijo Nelson el nieto de John D.
“¿El rojo si es la barba de algún santo?
“Y si usa el rojo ¿es rojo intenso o débil?
“¿Prefiere algún azul, azul prusiano?”

“Yo pinto lo que pinto”, dijo Rivera.

“¿De quién es esa cara que está sobre mi muro?”
Dijo Nelson el nieto de John D.
“¿Es la cara de algún buen conocido?
“¿Un Rensselaer, tal vez, o un Saltonstall?
“¿Acaso es Franklin D.? ¿O es Mourdant Hall?
“¿O es la cara de un ruso?”

“Yo pinto lo que pienso”, dijo Rivera.
“Yo pinto lo que pinto, yo pinto lo que veo,
“Yo pinto lo que pienso”, dijo Rivera,
“Y hay algo que se llama integridad:
“Es lo que más me importa en una sala burguesa;
“Sin embargo…
“Pondré a una pareja tomándose un trago,
“Y puedo incluir un retrato de Abraham Lincoln;
“Pondría incluso una máquina McCormick,
“Y aun así mi arte no se abarataría.
“Pero la cara de Lenin tiene que estar ahí
“O mis amigos van a darme calabazas,
“Calabazas para siempre, calabazas”.

“En mí sería una cosa muy mal vista”,
Dijo Nelson el nieto de John D.,
“Cuestionar la integridad de algún artista
“O mencionar el simple cobro de honorarios;
“Pero yo sé muy bien cuál es mi gusto,
“Aunque odio ponerle trabas al arte;
“Por veintiún mil dólares reaccionarios
“Usted pintó un radical. Digo, no es justo,
“Nadie me va a rentar las oficinas,
“Estas capitalistas oficinas.
“Porque, como usted sabe, esto es una sala pública,
“Y la gente quiere siempre algo bonito—
“Palomas, o algún árbol en otoño.
“Y aunque detesto ponerle trabas a su arte,
“Algo le debo a Dios y a mi Abuelito,
“Y no quisiera yo sonar muy duro
“Pero, después de todo, este es mi muro…”

“Vamos a ver de quién es”, dijo Rivera.

Autor E.B. White traducción de Luis Miguel Aguilar bajo el pseudónimo de “Gabriel Jiménez”.


Nota Stroubadour:

La balada anterior es producto de la búsqueda de un fin de semana que para muchos sería aburrido; uno de mis hobbies es leer, este fin de semana en uno de mis momentos libres me dedique a conocer un poco mas de Diego Rivera menciono como referencia que este fue esposo de Frida Kahlo pero no opacado por la misma, gran artista mexicano que destaco por sus murales con ideología comunista y famoso por plasmar obras de alto contenido social en edificios públicos.

Aclaro que este artículo no tiene que ver con política sino destacar la integridad y el valor del arte; no seamos fanáticos ni nos confundamos.

Cuenta la historia que en 1930, Rivera fue invitado a los Estados Unidos para la realización de diversas obras, donde su temática comunista desataría importantes contradicciones, críticas y fricciones con los propietarios, el gobierno y la prensa estadounidense.

Hacia 1933, se da uno de los sucesos más controvertidos en su vida. Cuando el industrial John D. Rockefeller Jr. contrata a Rivera para pintar un mural en el vestíbulo de entrada o “lobby” del edificio RCA en la ciudad de Nueva York. Este era el edificio principal de un conjunto de construcciones que se habría de denominar como Rockefeller Center.

El edificio, situado en Fifth Avenue, una de las avenidas más famosas, se posicionaba como uno de los emblemas más importantes del capitalismo. Diego Rivera, diseñó para esta ocasión, el mural denominado El hombre en el cruce de caminos o El hombre controlador del universo. Pero cuando Rivera se encontraba a punto de completarlo, incluyó un retrato de Lenin. La reacción de la prensa y la controversia que suscitó el retrato de Lenin, fue inmediata y vocifera.

Rockefeller, vio el retrato como insulto personal y mandó cubrir el mural y más tarde ordenó que fuera destruido. Rivera poco después regresó a México en 1934, donde pintó el mismo mural El hombre en el cruce de caminos” en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes de México.

E.B. White se encargo de ser el autor de la balada del inicio, publicada en 1933 en “The New Yorker”- en donde era articulista- posteriormente se dio a conocer en clásicos como Stuart Little y la Telaraña de Carlota

Me pareció importante destacar que si bien el artista cautiva a otros con lo que hace, lo que crea, lo que transforma… al final es su arte: con lo que se siente integro y me uno a la aseveración de Rivera hace casi ochenta años: “vamos a ver de quien es el muro”

De una tarde que para algunos es aburrida… yo me dedique a seguir amando el arte, aun mas, el mínimo que piensan algunos sobre lo que escribo porque al final es mío.

Sergio Molina

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